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La noche más triste

Esta noche podría escribir los versos más tristes, escribió Neruda un domingo de piñata.

José Landi | 2017-03-06 07:37:00
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Esta noche podría escribir los versos más tristes, escribió Neruda un domingo de piñata. Porque el de ayer fue el atardecer más oscuro de todos. Y cuanta más luz antes, ya se sabe, más negrura cuando se va el sol. Por eso esta vez duele más. Ha sido el Carnaval más feliz, luminoso, alegre, completo y dicharachero de cuantos se recuerdan desde que se fundaron, hace un montón de tiempo, cuarenta días antes de la primera Cuaresma. A muchos nos queda la misma sensación que con la última Gran Regata. Que esta vez, los calificativos gozosos se merecen de veras, que su grandeza ha sido incomparable respecto a las ediciones precedentes. Todo ha sido diferente para bien. Esa magnitud celestial del éxtasis vivido en Cádiz no viene de los grandes actos, que la fiesta gaditana es humilde, nació en los lavaeros y se alimenta de coloretes. Lo ha sido por la gente, por el pueblo que, al fin liberado de los yugos del engaño nefasto y sistemático, ha logrado hacerse con el control de su destino, en lo festivo también.

El pueblo ha tomado las riendas de ese caballo llamado libertad y ha cabalgado por las calles. Se ha notado en todo, de cabo a rabo. Desde el Concurso, por fin aliviado de los compromisos y componendas, transparente como un vaso de la mejor manzanilla de Sanlúcar, a salvo de los favores a los amigos y el arrinconamiento de los discrepantes. Han ganado los que tenían que ganar sin que nadie pueda intuir el menor favoritismo. Con los mejores horarios que se recuerdan, con una Final como las de antes, larga y llena de gaditanismo. Y luego, las calles. Sin la molesta presencia de las ninfas, símbolo del más rancio heteropatriarcado. Con toda la población, tan igualitaria, tan cabal, velando porque no hubiera el menor abuso machista o comercial. Con ese pregón costumbrista y sincero, al gusto de todos. Miles y miles de personas han podido venir sin ánimo de hacer botellón, a escuchar, perfectamente alineados en filas de a cuatro, caminando desde autobuses y estación a una distancia perfecta. Ni grupos disfrazados de animadoras se han visto. Las cabalgatas fueron, al fin, tan atractivas para padres como para niños.  Las ilegales cantaron cada vez que alguien les preguntaba cuándo y lanzaron al viento sus libérrimas letras para que volaran junto a las carcajadas del respetable en busca de las lavanderas. Siempre volvemos al lavaero. Ningún autoritario agente tuvo que interrumpir ningún cuplé ni hubo que plantearse ningún exilio. Bastante tenemos con los que cogieron ayer el puente en busca del pan que aquí se les niega. Todo esa dicha sin rima terminó anoche, ocaso del domingo de piñata en el que Neruda cogió la pluma y la mojó en lágrimas. Claro que cuando hizo aquel verso no existía el Carnaval Chiquito. Si no, de qué.

 

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